La sonrisa como comunicación no verbal: tipos de sonrisa

Sonreír es la mejor tarjeta de visita. Un gesto serio y una mirada penetrante transmiten agresividad y suele preceder a un ataque, pero una sonrisa hace que desaparezca toda la agresividad de la mirada.

Por eso la sonrisa es una técnica de persuasión tan potente, porque actúa directamente sobre el subconsciente de la otra persona. Además, una sonrisa, según parece, se percibe desde casi 100 metros de distancia.

Una sonrisa es contagiosa

Una sonrisa también es contagiosa. Al parecer, se debe a que la sonrisa tiene sus orígenes en la parte más primitiva de nuestro cerebro.

Por eso, cuando vemos sonreír a alguien, de forma automática perdemos el control de la musculatura que genera la sonrisa y no podemos evitar sonreír también.

Hay pruebas de que sonreímos incluso antes de nacer.

La sonrisa libera endorfinas

Sonreír o ver la imagen de una sonrisa, aunque sea fingida, hace que nuestro cerebro libere endorfinas, una sustancia química relacionada con las sensaciones placenteras, que descienda el ritmo cardiaco y, en general, que se genere una menor respuesta ante situaciones de estrés, es decir, que estés más relajado.

Además, no sólo es verdad que las personas que son felices sonríen más, sino que las personas que sonríen más terminan siendo más felices y hasta viven más.

Sonreír activa los circuitos del placer

También se ha comprobado mediante resonancia magnética funcional que sonreír activa activa los circuitos emocionales del placer en nuestro cerebro y termina por modificarlos de forma permanente.

Además, parece que es la sonrisa la que produce la sensación de bienestar, y no al contrario, ya que los efectos se producen imitando una sonrisa (sonrisa falsa o Duchene). Es un fenómeno conocido como Retroalimentación Facial o Facial Feedback, es decir, que la expresión de la cara tiene efectos emocionales, y no al contrario.

La sonrisa, aunque sea fingida, es tan poderosa que se ha comprobado que el simple hecho de pedir a alguien que sujete un lápiz con la boca, una postura que fuerza una pequeña sonrisa, hace que esa persona encuentre los chistes más graciosos, lo que lleva a los autores del estudio a decir que forzar una sonrisa hace que nos sintamos un poco mejor, algo que ya se apuntaba en un estudio que se realizó allá por 1974.

El origen de la sonrisa

Los seres humanos compartimos la sonrisa con los primates, pero, entre los primates, la sonrisa es tan sólo una muestra de sumisión al líder o una mueca de miedo, mientras que entre los humanos la sonrisa es una muestra de amistad y ayuda a relajar la tensión que de forma natural se produce cuando dos personas se encuentran cara a cara por primera vez.

La sonrisa verdadera

Aunque la mayoría de las personas no son capaces de distinguir una sonrisa verdadera de una falsa, según se pudo comprobar en un clásico, en realidad, la sonrisa verdadera es anatómicamente diferente de una falsa, ya que los músculos que producen una y otra son distintos. Esto se debe a que las dos sonrisas se originan en partes distintas de nuestro cerebro.

La sonrisa falsa es, en realidad, un gesto o mueca que se origina en la zona consciente de nuestro cerebro, que ordena contraer el músculo risorio, el que tira de la comisura de los labios hacia atrás.

La mayor parte de las personas son capaces de generar voluntariamente una sonrisa falsa.

Por el contrario, la sonrisa verdadera se genera en la zona inconsciente de nuestro cerebro, se produce de forma automática y escapa a nuestro control, es decir, no se puede forzar ni fingir.

Cuando sentimos placer o alegría, nuestro subconsciente envía señales que hacen que se contraigan varios músculos de las mejillas, no sólo el risorio. Esto hace que, además de sonreír con la boca, las mejillas se alcen provocando las típicas arrugas en las órbitas de los ojos que, además, se cierran ligeramente, tal y como descubrió el neurólogo francés Guillaume Duchenne en 1862.

Es decir, cuando sonreímos de verdad lo hacemos tanto con los ojos como con la boca. Esto es algo que descubrió el . Por eso, para detectar si una sonrisa es verdadera o falsa, no hay que mirar a la boca sino a los ojos.

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